En el mundo de los pingüinos patagónicos
No hay fotógrafo que no haya soñado con tener una asignación especial de NatGeo. Con estar en lugares inhóspitos retratando a la fauna local, no importa las inclemencias del tiempo, la distancia, ni el tiempo que haya que esperar para la toma perfecta. No hay fotógrafo que no haya soñado hacer todo eso con los gastos cubiertos y con la ilusión de ver su trabajo desplegado en papel cuché y con llamado en portada y ser leído por miles en todo el mundo.
Mientras ese sueño llega, pues hay que conformarse con ir a la Patagonia, tomar un tour en ferry a la isla de los pingüinos patagónicos, postrarse cámara en mano esperando un momento perfecto y presionar el obturador. Tampoco así es fácil: hay que llegar hasta allá, soportar los vientos que hacen complicado permanecer inmóvil por pocos segundos, así como el frío, que entumece las manos. Se hace lo que se puede, se disfruta como se debe. En este paseo íbamos como 50 personas, por fortuna pocas que no se ven. Los pingüinos están acostumbrados a recibir visitas en su isla llamada Magdalena. Mientras uno desciende del barco, ellos se acercan a husmear. Mientras uno camina entre los senderos, ellos siguen con su vida, con su gracioso andar y solo se detienen cuando encuentran a su pareja, y siguen caminando. Siendo pacientes, es posible descubrir sus nidos que son como pequeñas cuevas hechas en la tierra, y si se tiene suerte, es posible ver dentro de ellas a familias completas, dos adultos y dos polluelos. Tuve suerte. No fue una misión de NatGeo, pero se cumplió el objetivo de conocer la Patagonia y sus bellezas del lado chileno, casi 20 años después.













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